Las sibilas eran las pitonisas que moraban los oráculos. Muchas sabían la verdad, pero no la podían decir. Entre ellas, la más famosa es la Sibila de Cumas, de quien tomo su nombre para mi seudónimo.
Ella custodiaba el oráculo de Delfos y un día Apolo, su dios, le concedió un deseo, agradecido por un favor recibido. La Sibila se apresuró a pedir la vida eterna, pero ¡ay! se olvidó de pedir conjuntamente la juventud eterna.
La pobre pitonisa se fue degradando, tan débil que lo único que deseaba era la muerte...
Lo último que se sabe de ella es que pidió estar en una vasija, ya no era más que unas ínfimas partículas vivientes.

Tal vez no fue muy afortunada la elección de mi seudónimo, tal vez sólo soy una partícula viviente que escribe, que intenta escribir para exorcizar, para esperar, para bailar con la muerte.

Este blog inicia una nueva etapa, más oscura, más tanática. Más sibila.

jueves 29 de octubre de 2009

hay un espacio
hay un tiempo
entre la que no era
y la que no soy
ay, si fuera escrita